ENTREVISTA A CELSO GARRIDO LECCA
Debo gritar mi admiración por la música y la vida de Celso Garrido Lecca, el trabajo junto a Victor Jara. Aquí copio una entrevista que le realizó Jose Gabriel Chueca del diario Celso Garrido Lecca tiene de pronto expresiones maravillosas sobre el arte, sobre el peru y sobre su vida…
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"Aun antes de salir del colegio había decidido estudiar música. Pero tuve que ponerme de acuerdo con mi padre, quien pretendía que yo tuviera una verdadera carrera", recuerda Celso Garrido Lecca. ¿Por qué se interesó en la música?
Mi madre tocaba el piano. Recuerdo que yo, cuando tenía tres años, me escondía debajo del piano de cola, para oír el sonido desde ahí. Y a eso de los 13 o 14 años comencé a aprender a tocar el piano. Usted vivió en Chile.
En 1950 obtuve una beca para estudiar en Chile, país que estaba mucho más adelantado en música. Por eso me quedé allá por casi 25 años. En Chile hice mi formación musical y mis primeras obras y conciertos. Y fui profesor y director de la carrera de Composición Musical, en la Universidad de Chile, hasta que se produjo el golpe del general Pinochet; entonces, regresé al Perú. Antes de eso, el gobierno de Allende fue muy dado a las artes.
Había un movimiento cultural renovador que involucraba la canción popular. Yo estuve vinculado con aquello. Incluso colaboré en una obra con Víctor Jara para el Ballet Nacional de Chile. Trabajamos con Violeta Parra y grupos como Intilimani y Kilapayún. Pero el golpe frustró todo. Sin embargo, quedaron grabados 40 minutos de música que recuperé posteriormente. ¿Cómo los recuperó?
Hubo amigos que ocultaron las grabaciones en la entidad oficial donde se hicieron. Catorce años después pude obtener una copia. Hoy existe un proyecto para llevarlo a escena. Cuando usted regresó al Perú hizo un taller de canción popular en el Conservatorio que dejó huella.
En varios países había una evolución musical que puso al día el folclore o la música popular con posibilidades nuevas. Cuando llegué al Perú, quise implementar eso. Tenía la convicción de que el lenguaje de la música popular era bastante primario y que podía enriquecerse con una visión más universal, sin que perdiera sus raíces. Ahí convoqué a jóvenes músicos y creé el conjunto Tiempo Nuevo. Famoso conjunto.
En 1975, en La Cabaña, lanzó su primer recital y tuvo un impacto enorme. Era música latinoamericana y peruana, pero con un vuelo mayor. Cuando fui director del Conservatorio, eso se cristalizó académicamente, como un programa paralelo. ¿Cuál era el propósito de eso?
Que los estudiantes de la llamada música clásica no se aislaran de su contexto y que pudieran enraizarse. Hoy uno tiene la sensación de que la música clásica está cerrada sobre sí misma y que abre algunas ventanas para que uno se acerque a contemplarla.
Nulturalmente, el Perú sufre un atraso de 30 años y, en la música, más aún, porque la población crece y tiene menos acceso cada vez a los servicios culturales. Agrava eso que las instituciones musicales del gobierno se hayan ido deteriorando. Y que se cerrara la otra orquesta sinfónica que hubo hasta hace poco y que permitió el crecimiento de la música académica o, digamos, culta que yo llamo oculta, porque nadie la conoce. Una universidad no debe limitarse a crear tecnócratas. El nuestro es un país Penélope, porque todo lo que teje lo desteje. Y por eso tampoco tenemos historia. Todos empiezan de cero, permanentemente. ¿Cuáles son sus motores creativos?
A mi regreso al Perú tuve un reencuentro con el folclore. Ahí busqué elementos para proyectar en la música oculta, con instrumentos como el charango o la guitarra. He hecho varias obras con ellos, después de estudiarlos a fondo. Para mí, aquello fue darle a los jóvenes un conocimiento y también recibir de ellos la idiosincrasia de la música producida en nuestras regiones y de esos instrumentos. Ese fue al aprendizaje que luego volqué en mi producción académica. Su obra es variada.
Recuerdo una cantata, Kuntur Wachana, que hicimos con letra de Federico García. La presentamos en La Cabaña, con proyección de imágenes en ese momento, eso no se hacía, ahora es común. He compuesto en todos los géneros, desde la simple canción hasta mi Sinfonía N2, que escribí para coro. Hay otras obras que por circunstancias ajenas no se han podido estrenar, como El movimiento y el sueño, obra con texto de Alejandro Romualdo. Está ahí archivada. Seguramente, cuando yo esté requetemuerto, se acordarán de ella. ¿La música le da para vivir?
¡Es una pregunta irónica! Con mi jubilación del Conservatorio no podría vivir. Pero tengo derechos de autor y un premio, Tomás Luis de Victoria, que me ha permitido proyectar mi vida en mi vejez. Gracias a ello pude organizar mi obra. Toda está grabada, pero a nadie le interesa conocerla, excepto en el extranjero. El año pasado se tocó una obra mía en Venezuela, Chile, Colombia, en Brasil la orquesta de Sao Paulo es excelente. Aquí, tan solo hay silencio.
